La Belleza de que No Me Ames de Vuelta

 A veces te veo.

Te veo de lejos, como acostumbro a verte. Te veo y pienso en lo hermoso que eres, en lo mucho que me gusta verte sonreír, en lo mucho que adoro escuchar tu risa y cómo tus ojos se encuentran con los míos, aunque sea solo un segundo. Y ese segundo es suficiente para ahogarme en tu mirada, porque me siento en un desierto constante, secándome, hasta que me ves y te bebo, atrapo tus ojos y me niego a soltarlos, bebiendo tu mirada hasta que muero intoxicado por el agua.

Pero solo a veces.

A veces tengo que evitar verte, porque sé que no me vas a ver de vuelta, sé que vas a tener tu vista en ella. Ella, ella, ella. Siempre ella. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? ¿Qué le ves a ella que no ves en mí? ¿Es que ella es ella y yo soy él, acaso? ¿Es eso?

Qué difícil es quererte de lejos. Añorar que te acerques a mí por gusto, por decisión, que te acerques a mí porque de verdad quieres conversar conmigo, no por nimiedades, no porque yo me acerque a ti, no, añoro que te levantes y vengas conmigo y me hables de lo que quieras.

Te juro que puedes leerme un diccionario y recordaré con cariño la manera en que dijiste “a” y “aba” y "ababillarse”, hasta que llegues a la palabra “amor” y me derrita pensando en todas las páginas que todavía te quedan por leerme. Puedes agarrar cualquier periódico y leerme cualquier noticia o puedes sentarte en silencio frente a mí, viéndome, saciando una sed que ni siquiera eres consciente que existe.

Pero no lo haces.

No lo haces y eso duele, pero ni sabes el daño que me haces sin darte cuenta. ¿Y cómo lo sabrías? ¿Cómo sabrías del daño que me haces cuando me ves con esos ojos tan bellos y luego te vuelves a ver a alguien más? ¿Cómo puedo culparte por no verme cuando no tienes la culpa en absoluto? ¿A quién culpo por todas las cosas que pasan por mi mente cuando te tengo cerca y no puedo tocarte porque me da miedo que te alejes de mí?

A mí.

A mí me culpo, porque culpa mía es.

No, miento, ¿cómo voy a culparme a mí mismo por sentir algo por ti, Ignacio?

Odio tu nombre. Odio cómo lo veo en todos lados, odio cómo verlo me recuerda a tu rostro y a tu sonrisa y a tus labios y a tus ojos y a tus manos y a tú, a ti, todo ti. Odio lo mucho que amo la manera en que las tres sílabas abandonan mis labios cada que quiero hablar contigo, odio lo mucho que amo decirlo y odio lo mucho que sueño en decirlo cuando estemos solos y no haya nada que me detenga de decirte lo mucho que te he adorado. Lo odio, lo odio mucho.

No recuerdo cómo empecé a amarte.

No, qué digo, no te amo, no puedo amarte, ni siquiera te conozco lo suficiente. Entonces, ¿qué siento por ti? ¿Atracción? ¿Será? Llamémoslo atracción, Ignacio. Me atraes como muchos hombres me han atraído en el pasado, ¿te ha pasado? ¿Te has sentido atraído acaso tú, de hombres, que no te han amado de vuelta? Lo dudo mucho. Dudo que veas a los hombres de la misma manera en que yo los veo. ¿Por qué? Pues ella.

Ella, ella, ella. Tus ojos siempre están en ella, y no puedo verte viendo a algún hombre como la ves a ella.

Mentí de nuevo.

Sí puedo verte, en mi mente, viéndome a mí como la ves a ella, y es algo que hago constantemente. Verte en mi mente.

Te veo a mi lado mientras estoy cocinando. ¿Qué estoy cocinando? No importa, algo está cocinándose y yo estoy haciendo un desastre porque es lo que acostumbro a hacer, y tú estás ahí, sentado en la mesa viéndome como la ves a ella, riéndote del desastre que he hecho. Te veo levantarte, te veo detrás de mí, siento tus brazos a mi alrededor y siento tu respiración en mi cuello y cuando estoy a punto de tomar tus brazos, cierro en vacío y agarro nada.

Te veo a mi lado, tu mano entrelazada con la mía, mientras estoy caminando por el parque en el que acostumbro a pasear. Veo la luz reflejada en tu cabello oscuro y veo tus ojos cerrándose porque el sol brilla demasiado frente a ti, y no sé cómo me veas tú a mí, con el sol a mis espaldas, pero el sol torna tu rostro en fuego. Y me quemo, perdido en tus ojos. Y luego no estás ahí más.

Te veo a mi lado cuando me acuesto a dormir. Te veo abrazándome, tus brazos rodeándome y acercándome a ti, y me dejo, porque adoro sentir tu cercanía, tu calor, adoro sentirte detrás de mí y sentir cómo tus labios buscan los míos y en la oscuridad de mi cuarto, cuando estoy a punto de dormir, extiendo mi mano para encontrar a la tuya y tomo las sábanas vacías a mi alrededor.

Nunca estás.

Solo te tengo en mi mente, porque nunca estás.

Al menos te tengo en mi mente, Ignacio.

“Antonio,” escucho tu voz, de lejos, y me vuelvo a verte. Me estás hablando a mí, como no acostumbras hacer, y tu mirada está en la mía, como no acostumbra a estar. Salgo de mi mente y te contesto, no sé qué te contesté, pero palabras abandonaron mi boca y ahora sigues hablando tú. “Graciela y yo vamos a ir a comer algo, ¿vienes con nosotros?” Me dices. Y mi mente no puede detenerse a pensar en qué significa esto. Si de verdad la quieres a ella, ¿por qué querrías que yo estuviera como una tercera persona en esta comida? ¿Es acaso que ella te dijo que me invitaras? Es lo más lógico, ¿por qué tú querrías que yo fuera con ustedes a comer? Claramente preferirías estar solo con ella.

Y aun así, ¿qué tal que eres tú quien me quiere aquí?

¿Será que ya me estás viendo?

Lo dudo.

Y sí, fuimos a comer, y sí, nos divertimos, platicamos de la vida y de las cosas que nos disgustan y las cosas que amamos, de lo que hacemos en nuestros tiempos libres y nuestras series favoritas. Nos reímos y comimos, y fui feliz estando ahí contigo.

A veces quererte me duele.

Me duele porque sé que no puedo tenerte de vuelta, porque sé que no me verás de la manera en que la ves a ella, y quererte me duele.

Pero sé que también te duele a ti, Ignacio, porque ella tampoco te quiere a ti, de vuelta.

Somos muy iguales, tú y yo. Cada uno velando por el amor de alguien que no nos ve de la misma manera en que nosotros le vemos. Qué complejo el amor no correspondido, ¿no? Si tan solo te volvieras a verme y te dieras cuenta de lo que estoy dispuesto a hacer para conquistarte, para hacerte reír, porque amo escucharte reír... Si supieras hasta dónde llegaría para que te sintieras cómodo conmigo, para que flotaras a mi alrededor mientras yo floto a tu alrededor…

Pero no me ves, y ella no te ve, y qué complejo es el amor no correspondido.

Porque yo te veo, pero a mí no me ves.

Porque a ella la ves, pero ella no te ve.

Y si tan solo te volvieras a mí, me verías.

Y si tan solo ella se volviera a ti, te vería.

Pero somos ciegos ante un amor que no nos corresponde, nos vendamos los ojos y hacemos tres nudos, tatuando dentro de nuestros párpados un corazón que no late por nosotros, ignorando a aquel que se desenfrena al vernos.

Tanto, Ignacio, que no tengo la más remota idea de si hay alguien cuyo corazón se desenfrene al verme, porque estoy embobado en el océano de tus ojos, perdido en el desierto de tus manos, quemándome con el ardor de tu rostro.

Qué complejo, Ignacio, sentir todo esto por ti. Pensar en todas las interacciones que hemos tenido, como cuando me pasaste algo que se me cayó y me guiñaste el ojo, o cuando me halagaste por la manera en que me viste vestido, o cuando me pediste ayuda a mí, solo a mí. Me hiciste pensar una y otra vez en qué significó todo eso, si es que significó algo más que lo obvio, si significó algo más que nada. Y me convencí a mí mismo de que no, que solamente estaba soñando despierto en un tú que no existe, ¿pero no es eso lo que eres?

Eres un tú que no existe. Una versión que idealicé de ti, porque no te conozco tanto, por más que quisiera saber todos tus secretos y lo que no le cuentas a nadie, no soy esa persona. Solo soy yo, soy Antonio, quien te ve de lejos viendo a alguien más, que tampoco te ve. Pero en mi mente, eres un tú que no existe, un tú seguro, pues nunca me amarás de vuelta. Puedo quererte de lejos, e idealizarte, y romantizar cada interacción que tengo contigo, porque, ¿qué es la vida si no aprovecho la tormenta de mariposas que desatas en mi mente? ¿De qué me sirve vivir si no puedo sonreír cuando en mi corazón truenan fuegos artificiales al tenerte cerca?

¿De qué me sirve ignorar todo esto? ¿Ignorar que te veo en todos lados?

No, miento una vez más, no te veo en todos lados. Te busco. Sé que el carro pasando junto a mí mientras voy a la tienda no eres tú, pero, ¿y si lo fueras? Sé que no eres el muchacho al que llevo cinco minutos viendo fijamente en el supermercado, pero, ¿y si lo fueras? Sé que no es tu risa, tan hermosa, la que escucho a la lejanía, pero, ¿y si la fuera? Te busco en cada rincón, cada carro que pasa es una posibilidad de que seas tú, cada carcajada es una chance de que estés ahí, cada persona que se cruza en mi camino tiene la oportunidad de ser tú, por un segundo. Te veo en todos lados porque te busco en todos lados, imaginándome escenarios en donde la vida nos pone juntos por una u otra razón. Y me siento feliz, imaginando todos esos escenarios, escuchándote en cada canción, leyéndote en cada romance, viéndote en cada serie.

No me quieres de vuelta, lo sé.

Ni siquiera me ves.

Pero he ahí la belleza de que no me ames de vuelta, ¿no? Estás en todos lados, en mi mente, en mi corazón, en las palabras que te escribo que nunca leerás. Sentirme atraído a ti me trae tantas emociones que he olvidado, este deseo de estar contigo, esta añoranza de tenerte a mi lado, aunque me veas como un amigo y solo como un amigo, tenerte cerca me brinda una felicidad como ninguna otra, ¿y qué es la vida si no agarro la felicidad que me da cuando me la da?

Duele, también, claro, a causa de las complejidades del amor no correspondido, sé que lo sientes con Graciela, cuando no te ve de la manera en que quisieras que te viera, cuando la rodeas cual palomilla a la luz pero nunca te deja entrar a tocar el sol de su ser.

El peso de querer hacer algo para que me veas pero tener miedo de que eso te aleje de mí me arrastra hacia abajo en muchas ocasiones. Y sé que podría soltarte.

Sé que si me acerco a ti y te digo que me gustas, puede que me rechaces, y al rechazarme será más sencillo dejarte ir, creo. Espero. Pero me niego a hacerlo. Me niego a ser rechazado, porque eso significaría perder tu amistad, tu cercanía, mis escenarios falsos, la tormenta de mariposas y el estruendo de los fuegos artificiales.

Sé que estar aquí me hace daño, lo sé, pero todavía no estoy listo para dejar ir a la belleza de que no me ames de vuelta.


Escrito en Marzo 26, 2022

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Concepto del "Me Gustas"

Una Historia Medieval

Mariposas en el Estómago