Mariposas en el Estómago
Empecé a odiar a las mariposas en mi estómago. Y sí, lo digo en el sentido figurado, no, no hay mariposas flotando dentro de mí, seguro morirían si ese fuera el caso.
Pero poco a poco, enamoramiento tras enamoramiento, corazón roto tras corazón roto, empecé a odiar cuando se aparecían. El momento en que empezaba a sentirlas, deseaba esconderme, correr, distanciarme... Y no lo hacía.
Todo comenzó con Raúl, el primer muchacho de quien me enamoré, aun sabiendo que jamás me amaría de regreso. Cada toque suyo que sentía en el hombro, cada roce de sus manos con las mías, cada mirada, cada sonrisa, las mariposas llegaban sin invitación y me hacían flotar en soledad.
Un día, frente a frente con Raúl, pensé ver en sus ojos un deseo, o quizá curiosidad. Me engañé a mí mismo pensando que quería besarme y desde las agallas de la ingenuidad, me lancé... Mi corazón se partió una sola vez cuando me esquivó, y una segunda cuando me empujó.
Luego llegó Sergio, con quien la conversación fluía con simpleza, pero que contestaba los mensajes una vez al día, a veces tardándose más. Bajo la sombra de la incredulidad, veía sus mensajes como regalos, premios obtenidos sin esfuerzo alguno.
Sus contestaciones estaban llenas de emoción, de elocuencia, y cada que veía su nombre en la barra de notificaciones, mi corazón saltaba, y mi estómago se llenaba de mariposas. Mientras leía las palabras que me había escrito, las mariposas bailaban sin cesar dentro de mí.
Poco a poco comenzó a distanciarse, y sus mensajes llegaban con más distancia entre sí, pero las mariposas seguían ahí, negándose a irse.
Tras él, vino Leo, quien amaba enviarme mensajes de voz, riéndose, cantando, contándome sus sueños, su vida, lo que hacía y lo que quería hacer. Sus audios riéndose desataban una tormenta de aleteos dentro de mí, cuando me preguntaba de mi vida sentía que tenía que hablar con él, usar mi voz para que sintiera entendía cómo quería comunicarse conmigo.
Un día, desapareció, y sus mensajes de voz dejaron de llegar, su risa, su día a día, desaparecieron. Y cuando veía una foto de él, las mariposas volvían.
Y así sucedió tres, cuatro, cinco veces más, las mariposas aparecían y terminaban en nada, solo entraban a aletear, hacer un desastre, y abandonarme, dejando sucio por donde pasaban.
Entonces empecé a repudiarlas.
Cuando sentía mariposas entendía el peligro de la situación, pero no llegaba a entender por qué era peligrosa. Me alejaba, no dejaba entrar a nadie y no me permitía querer, no me permitía ver más allá de las mariposas, de su aleteo infernal y el sentimiento con el que llegaban.
Fue hasta hace poco que al fin lo comprendí.
Analizando las situaciones de mi pasado, entendí por qué sentía eso ante las mariposas.
Cuando empecé a pasar tiempo en soledad, cuando empecé a amarme como nunca lo había hecho, lo entendí.
No merezco mariposas en el estómago, porque no merezco inseguridad. No quiero mariposas que lleguen con toques furtivos, con un mensaje tras horas de desinterés, con imágenes de amores pasados. No quiero mariposas que se presenten sin permiso y se vayan sin perdón. Repudio a las mariposas porque solo se aparecen con amores inseguros de sí mismos, con amores imaginados, y yo no estoy para eso.
Merezco paz.
Ya no me quedo por las mariposas, estas solo llegan furtivamente, son efímeras y traicioneras.
Prefiero quedarme con alguien que me dé paz, tranquilidad, y seguridad.
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