Mi Mano Encontró Vacío

Abro los ojos lentamente, el canto de los pájaros y el claxon de los autos sacándome de un sueño que ya he olvidado. Mi mano se mueve por instinto a tu lado de la cama, ansiado encontrarse con tu estómago para sentir tu calor al reposarse ahí. En su lugar, encuentra frío.
Los recuerdos regresan de golpe, rompiendo mi corazón una vez más desde que te fuiste. Me levanto recargándome en mis codos, tu almohada está en el suelo, donde la tiré anoche porque tu aroma impregnado en ella invadía mis pensamientos, tu lado de la cama está ligeramente hundido por tu peso, tantas veces combinado con el mío cuando nos recostábamos juntos.
Me tallo los ojos para despertar y encuentro lágrimas recorriendo mis mejillas, un sollozo escapa mi garganta mientras pienso en tus palabras.
"No vamos a funcionar." Me dijiste, parado en la puerta del lugar que nos ha visto crecer.
"Nunca hemos dejado de—" Comencé a decirte, pero tus ojos me detuvieron, había derrota en ellos. Veía una decisión que habías tomado ya sin consultarme antes. Te ibas y me dejabas con mi corazón de cristal en la mano, causando cortes en mis palmas por las piezas que te llevabas contigo. Mi corazón antes completo ahora tenía huecos con filo que me protegían. Que me aislaban.
"Me voy." Susurraste.
"¿Pero por qué?" Te dije. Mi voz tranquila, cansada, sin fuerzas, queriendo entender por qué me dejabas de repente, sin una explicación, sin razón alguna.
Silencio fue tu respuesta. Silencio y tus ojos azules clavados en los míos. Azules, como el océano que se desataba detrás de los míos en ese instante. Azules, como el cielo bajo el que nos recostamos cuando me besaste por primera vez. Azules, como la heladería donde entre juegos y crema batida en nuestras narices me pediste que fuéramos novios. Azules, como las paredes que nos rodeaban cuando te conocí desnudo y me entregué a ti como nunca antes me había entregado a alguien... Azules.
Azules, como la sala del hospital donde sostuve tu mano cuando te golpearon por salir a la calle en falda. Azules, como el maquillaje en mi rostro cuando fuiste a verme bailar al teatro y donde conociste a mis padres. Azules, como mi cabello el verano que fuimos a la playa y las olas casi te llevan porque no me dijiste que no sabías nadar. Azules, como el zafiro diminuto incrustado en el anillo de compromiso que te regalé, que ahora se encuentra en el escritorio junto a la puerta, donde lo dejaste cuando me dejaste.
Azules, viéndome directamente, llenos de tristeza, llenos de decisión, apagando la llama en mí como la encendían sin quererlo. Diciéndome que el camino había llegado a su fin, que gracias por viajar con ellos, la salida está a la derecha, baje con cuidado...
"¿Hay alguien más?" Susurré yo, y por un segundo pude ver el azul en tus ojos oscurecerse, por un segundo tus ojos se abrieron y tus labios se volvieron una fina línea.
Por un segundo, lo entendí todo, y mi corazón estalló en polvo tan fino que los cortes que me hacían parecían dibujos en mi piel.
"No." Me dijiste. Te creí. "No hay nadie más, pero yo... Ya no siento lo mismo que sentía antes." Conocía las palabras que seguían, y por un segundo deseé taparme los oídos y no escucharte decirlas. "Ya no te amo... Es todo." Pero las escuché, y mi corazón se rompió.
Así como escuché el pequeño clic del anillo siendo colocado en el escritorio, y se rompió de nuevo. Así como escuché la puerta cerrarse frente a mí, y de nuevo. Así como escuché tus pasos alejándose de la puerta, y a las puertas del elevador abriéndose, y tu carro pitando en la calle de abajo, alejándose de mí, y de nuevo, de nuevo, de nuevo...
Lo escuché todo de rodillas en el piso, silencioso, aferrándome a lo que habíamos sido y que ya no volveríamos a ser. Sabiendo que el amor se termina y odiando que suceda sin querer.
Y me dormí lanzando tu almohada lejos de mí porque tu aroma perduraba en ella y mi mente estaba demasiado nublada con tus recuerdos, y mi corazón se rompió una vez más.
Y soñé...
Pero no sé qué soñé, porque lo he olvidado.
Así como mi mano olvidó que ya no estás a mi lado.
No sé cómo llegué a mi carro, ni cuándo me cambié o qué pretendo hacer, pero aquí me encuentro. Manejando en silencio, perdido en mis pensamientos hacia el único lugar en el que puedes estar.
¿Qué haré cuando te vea? ¿Qué te diré que no te dije anoche? ¿Qué palabras musitaré para recuperar tu corazón?
Las lágrimas cascadean por mis mejillas sin permiso, y me las limpio frustrado, incapaz de detenerlas.
Un carro se pasa un alto frente a mí y freno de repente, mi cinturón de seguridad deteniéndome de estrellarme con el volante. Mi mano derecha extendida para posarse en tu pecho y detenerte a ti también, encontrando vacío. Tu ausencia me rompe. La serenidad en mí se acaba y comienzo a gritar.
Grito porque no entiendo cómo el amor se acaba de un día para otro. Grito porque ya no estás. Grito porque ya no me amas. Grito porque rompiste tu promesa de que seríamos para siempre. Grito porque me dijiste que nuestro amor no tenía fecha de caducidad. Grito porque me dejaste roto y por tu culpa ahora odiaré el azul. Grito porque mi mano encontró vacío en nuestra cama y porque encontró vacío tu asiento en el auto. Grito porque me acostumbré a tu presencia y ahora tu ausencia me está matando lentamente. Grito por mi corazón punzante, cortándome cada vez que intento consolarlo.
Grito hasta que mi garganta me lo impide, y mi rostro está rojo del esfuerzo. Grito hasta llegar a ti.
Y toco la puerta esperando que me abras porque si no estás aquí no sé dónde estás, y si no sé dónde estás me encuentro perdido.
Y aquí estás.
La puerta abriéndose y tú frente a mí, mirando hacia adentro con una sonrisa brillante en tu rostro. Una sonrisa que no recordaba haber visto hace tiempo ya. Una sonrisa deshaciéndose en cuanto tu mirada se vuelve hacia mí, y me ves destrozado frente a ti.
"¿Qué—?" Pero no te dejo terminar. Levanto una mano y te callas, viéndome.
Tu sonrisa se deshizo al verme.
"No entiendo." Te digo. "No entiendo cómo pudiste dejar de amarme de repente. No entiendo cómo es que me dejaste ir como si nada." Mi respiración se acelera un poco, y me tranquilizo. "No entiendo por qué decidiste dejar de intentarlo conmigo, y tampoco entiendo cómo... Cómo es que estás tan bien sin mí."
"No estoy—"
"No entiendo cómo olvidaste todas las cosas que pasamos, todo lo que vivimos, tan de repente."
"No he—"
"Nunca me he sentido así, jamás, no quiero perderte y tú solo me dejas como si valiera tan poco, no entiendo, no es justo."
"Sé que no—"
"¡Basta! ¡Deja de interrumpirme! ¡Porque no sé qué quiero decirte y no sé qué hago aquí, pero mi mano encontró nuestra cama vacía hoy y mi corazón se rompió y tú sonríes como si nada pasara! ¡¿No entiendes que todavía te amo?! ¡¿Estás tan cegado que no puedes ver que es evidente que sigues siendo todo para mí?! ¡¿O es que eres un pendejo que no puede notar eso siquiera?!"
En tu mirada solo hay miedo. Pero no hacia mí, ni hacia mis gritos, porque se desvía hacia adentro.
"Amor, ¿qué son esos gritos?" Y detrás de ti, una figura sin camiseta se aparece. Su cabello dorado fulgurante en la luz del sol, sus abdominales resplandeciendo por el sudor recorriendo su pecho.
Oh.
"Lo siento." Susurras.
Estoy harto de que susurres.
¿Por qué no tuviste el coraje de decirme la verdad, cobarde?
Háblame de frente, en voz alta.
"Me mentiste." Te digo, y tus ojos se vuelven al suelo.
"Sí." Me dices. Cínico. Cobarde. Pero, honesto, al menos, en esta ocasión.
El muchacho me mira, confusión en sus ojos, se acomoda el cabello y se acerca a nosotros.
"Amor, ¿quién es este muchacho?" Y en ese momento ha de percatarse de las lágrimas, del coraje, el dolor. "¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?" Sinceridad envolviendo su voz. Realmente no tiene idea de quién soy.
"Estaré bien." Le digo, sin mirarlo, mis ojos clavados en un océano de mentiras.
"Amor, ¿conoces al muchacho?" Le pregunta a su amor. Quien tiene su mirada clavada en mí.
"Su ex." Le digo, y pánico recorre los ojos frente a mí. "Terminamos anoche." Y con esto vuelvo mi mirada a él, tratando de sonreír, pero fallando. "No sé cuánto lleven juntos, pero te deseo todo lo que a mí no me pasó." Le digo, y me voy.
Me voy porque no hay nada que pueda hacer ya, porque su corazón había dejado de pertenecerme desde quién sabe cuándo, y no lo iba a recuperar. Me voy porque ver los abdominales de su nuevo amor me recordaban lo delgado que era mi cuerpo, y porque ver el dorado en su cabello me decía que al mío le faltaba color.
Me voy porque no iba a caer en el juego de comparaciones y de autodesprecio, eso estaba en el pasado. Mis inseguridades ya no reinaban sobre mí.
No sé cómo terminé en el mar, en la playa. En el lugar escondido donde nadie me encontraría.
Aquí estoy, sentado frente al sol y con arena entre mis dedos, el mar calmado frente a mí apaciguando mis pensamientos.
"Todavía te amo." Le susurro al océano, y las olas se llevan mis palabras.
Así que se lo susurré más veces. Se lo susurré hasta que las palabras dejaban de tener sentido en mis labios. Se lo susurré hasta que mi corazón se deshizo y comenzó a rehacerse. Se lo susurré hasta que dejó de ser cierto.
Se lo susurré hasta que se volvió una mentira, y el azul de las olas no se sentía como una burla, ni como tus ojos en los míos.
Supongo que nuestro "para siempre" sí tenía fecha de caducidad.

Escrito en Enero 13, 2021

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