Una Historia Medieval
A la cabeza de la enorme mesa de caoba se encontraba el rey, su corona ligeramente torcida y su aspecto descuidado tras noches sin descansar propiamente. Sin embargo, los caballeros de confianza degustaban su cena sin prestar atención al demacrado dirigente del reino, felices por finalmente haber terminado su misión, sabiendo que un gran descanso se avecinaba.
Altair se encontraba cansado, sabía que no pertenecía aquí, y apenas era capaz de levantar los utensilios a su boca para llenar su estómago hambriento. En su mente se repetía el momento en que el dragón se había presentado frente a él, rojo como un atardecer de verano, y la manera en que se habían observado entre sí.
Altair había aceptado ayudar a los caballeros del reino a dar caza al dragón, como muchos otros en el reino hicieron, pero jamás pensó que llegaría a verse cara a cara con él. A final de cuentas, era un simple hombre, viviendo solo en una choza a los límites de la ciudad.
En su mente, Altair veía cómo había estado a punto de gritar, de clamar ayuda a los caballeros, pero su voz había desaparecido al ver los ojos del dragón. Había dolor tras ese par de ojos reptilianos, verdes como los jardines reales, y había ira, también. Altair recordaba cómo el dragón había saltado sobre él y en cómo pensó que este era el final, que hasta aquí había llegado su corta vida.
Altair recordó por un segundo la extraña sensación de felicidad que sintió cuando pensó estaba a punto de morir.
Y luego el dragón, mirándolo fijamente a los ojos, había invadido sus pensamientos, poniendo imágenes de una vida que no le pertenecían a él. Veía al dragón volando lejos, hacia un nido oculto en el océano, donde sus crías aún no nacían. Veía al dragón luchando con criaturas marinas más grandes de lo que Altair jamás habría imaginado. Veía la sangre del dragón derramada por el reino, mientras este solo buscaba proteger a los suyos.
Altair—sentado en la mesa, junto a los caballeros del reino—recordó haber salido de su trance y observar cómo el dragón se quitaba de sobre él, solo para ponerse a escarbar algo a su derecha. Altair casi devuelve la cena al recordar la vívida imagen del dragón rojo con la cabeza de otro dragón en sus fauces, de un color terrorífico, temido incluso en los reinos más allá del océano.
Altair supo exactamente qué hacer en ese momento, envainando la espada que había tomado prestada y tomando la cabeza del otro dragón de las fauces del primero. Volvió a ver sus ojos, y la ira se había tornado en dolor. Altair no entendía cómo lo sabía, pero la cabeza que sostenía en sus manos era del padre de los dragones que se escondían en el océano. Y sabía quién lo había matado.
Altair asintió una sola vez, y el dragón rojo desapareció, dejándolo a mitad del bosque con la cabeza de un dragón siniestro en sus manos. Y fue entonces cuando Altair gritó.
Gritó para que los caballeros lo escucharan, gritó para que se acercaran a él y para darles las buenas noticias.
"Soldados," clamó, su voz siendo arrastrada por el viento hacia cada rincón del bosque, "¡el dragón ha muerto!" Gritó, y aunque sabía que no decía la verdad en su entereza, confiaba en que el dragón rojo no volvería a atormentar el reino.
Y así es cómo había llegado Altair a la mesa del rey, sentado entre los caballeros, degustando la cena real y pensando en el descanso que les esperaba a todos ahora que la preocupación de dar caza al dragón había desaparecido.
"Bueno, muchachos," dijo el rey, acallando las conversaciones que ocurrían en la mesa, Altair salió de su ensimismamiento y se volvió al rey. "Son libres de mantener la celebración si así lo desean, pero yo he de retirarme a descansar." Y sin decir más, se dio la vuelta y se fue, saliendo por una puerta a su derecha.
En cuanto el rey estuvo fuera de vista, empezaron las conversaciones que nadie se atrevería a tener frente a él, y Altair comenzó a prestar atención a lo que se hablaba a su alrededor.
"Desde que el rey desterró a la princesa," susurró uno de los caballeros a la izquierda de Altair, un coro de risillas sonó tras las palabras musitadas, "se ha encontrado más y más cansado, ¿lo han notado?"
"El rey existe y ya está cansado," contestó una voz burlona al frente de Altair; de cabello largo, llegando casi a sus hombros, los ojos del caballero parecían contener los secretos de una vida entera, "no me sorprende que haber desterrado a la princesa lo haya empujado a su límite."
Altair no entendía la mayor parte de las cosas que decían los caballeros; al vivir alejado de la sociedad, desconocía los rumores y novedades del castillo. Sabía que el rey había tenido descendencia, porque año tras año ocurrían celebraciones que se alargaban por días, pero no sabía que había sido una mujer, mucho menos que había sido desterrada.
Altair trataba de forzarse a escuchar las palabras de los caballeros para entender qué había pasado con la princesa, pero se le hacía complicado, ya que se distraía observándolos. Había pasado tanto tiempo en soledad, conviviendo únicamente con animales y vendedores ambulantes, que los rostros de los hombres le parecían fascinantes.
A su derecha había un hombre cuyo cabello anaranjado se asemejaba al color de las zanahorias recién lavadas, y cuyos ojos oscuros mostraban confusión al encontrarse con los de Altair, quien desvió la mirada al ser descubierto mirando sin cuidado.
Frente a él, ligeramente a su izquierda, podía observar a uno de los caballeros más inusuales que jamás había visto—aunque en toda verdad, Altair no había visto muchos—cuyo cabello se encontraba peinado hacia arriba, sostenido consigo mismo; la sonrisa de este caballero causaba que Altair quisiera reír también, y cuando soltó una carcajada por algo que dijo alguien a su derecha, Altair se carcajeó con la mesa.
"Pero en fin, es lo que se merece la princesa por ser..." Altair escuchó, volviendo al fin a la realidad, pero no logró captar el final de la frase. El resto de caballeros asintieron y luego comenzaron a levantarse, preparados para irse.
Altair se levantó con ellos, agradecido por haber sido invitado, aunque jamás se sintió realmente incluido en la conversación.
"Lo único que no entiendo," dijo el caballero de cabello largo, "es por qué el rey mantendría a la princesa en aquella torre junto al pantano, ¿por qué no simplemente la mató o algo?" Un coro de risas se escapó del resto de caballeros, aunque Altair notó que no todos reían de verdad, algunos parecían estar fingiendo sus risas.
¿Qué había hecho la princesa para merecerse el odio del castillo entero? ¿Tan malo había sido como para desearle la muerte?
"Sigue siendo su sangre, cabeza de balde," contestó el caballero inusual, "no puede simplemente terminar con su existencia, a pesar de todo."
Altair quería entender qué era este todo que al parecer era conocimiento general, pero no quería preguntar por miedo a destacar demasiado, por miedo a que lo hicieran sentir fuera de lugar.
"Gracias por tu ayuda ahí fuera, campesino," le dijo uno de los caballeros a Altair, y aunque realmente no era un campesino, Altair sonrió y le contestó.
"Oh, no fue nada," y soltó una risa, "lo que sea por el reino, ¿no?" Le dijo.
"Sí, claro," le contestó el caballero, y con una sonrisa, se dio la vuelta, dejando a Altair solo, con un extraño sentimiento en el pecho.
Cuando al fin salió del castillo, y los rostros de los caballeros comenzaron a difuminarse en su mente, la curiosidad comenzó a consumir a Altair. ¿Qué había pasado con la princesa para terminar desterrada? ¿Qué crimen era tan grande como para que su propio padre la mandara a encerrar en una torre como si fuera aquella princesa de aquel cuento de hadas que su madre relataba cuando Altair era solo un infante?
Altair tomó una decisión en ese instante, y en vez de irse a su casa, dio media vuelta, dirigiéndose al pantano; sin embargo, a medio camino se encontró un bar, y pensó que quizá era una mejor idea preguntarle a la gente del pueblo.
Para su mala suerte, el bar se encontraba cerrado por miedo al dragón ya que la noticia de su victoria aún no se esparcía por el pueblo, y entonces retomó su plan principal. Caminando por las calles empedradas, Altair repetía la conversación de los caballeros en su mente, pero nada le daba una idea de lo que podía haber hecho la princesa.
Lo único que no entendía era cómo todos podían pensar que la princesa se lo merecía, solo por ser... ¿Por ser qué? Altair trataba de encontrar una palabra que encajase al final de esa oración, pero nada lo convencía. ¿Acaso la princesa era una asesina? ¿Una traidora al reino, tal vez?
Cuando llegó al pantano, la noche había caído, y una oscuridad tremenda lo cegaba, pero gracias a la brillante luna en el cielo aún podía ver frente a sí, donde los árboles comenzaban a desaparecer. Había animales haciendo ruidos a su alrededor, bichos cuyos chirridos sonaban agudos en sus oídos; el sonido de otros animales arrastrándose hacía que se replantease si haber venido aquí había sido una buena idea.
"Espero no terminar muerto tras el día que tuve hoy," susurró a la nada, mientras la torre aparecía a la vista.
Altair comenzó a entender el castigo que había sido impuesto a la princesa. Desde el castillo, la torre realmente no podía ser vista, pero la única ventana que esta tenía daba al reino, a las celebraciones y luces. La princesa fue desterrada a un lugar donde tendría que ver día tras día lo que solía ser suyo.
"¿Quién anda ahí?" Escuchó Altair una voz frente a sí mismo, lo que hizo se detuviera en seco, sudor frío comenzaba a recorrer su espalda. Desde donde estaba parado, logró vislumbrar la puerta de la torre, protegida por un simple guardia, el cual se encontraba buscándolo en este momento.
¡Claro que la princesa tenía un guardia! ¿Qué demonios había pensado Altair? ¿Que esto iba a ser como aquel cuento de hadas? Qué estúpido.
"Pregunté quien anda ahí," se escuchó la misma voz, esta vez un poco más cerca. Altair tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo ya. Lentamente, Altair comenzó a ponerse en cuclillas, recargando su espalda en un árbol y tanteando el suelo, esperando no toparse con una serpiente. Años de práctica con los animales le habían enseñado a mantener la calma y a mantenerse silencioso en pos del peligro.
"Sé que hay alguien aquí, así que sal de donde sea que estés," la voz se encontraba ahora del lado contrario, había un poco de terror en su voz, pánico... Altair podía usar el pánico.
Sus manos tantearon una rama caída de algún árbol y la tomaron con decisión. Altair tenía una sola oportunidad para golpear al guardia sin que este lo reconociera, o pudiera identificarlo. Se preparó, respirando, tratando de escuchar los pasos del guardia.
El sudor frío recorría la espalda de Altair, pero este estaba decidido en mantener la calma, respirando poco a poco, levantó el palo y empezó a contar hacia atrás en su mente.
Tres...
Los pasos estaban casi sobre él.
Dos...
"No lo diré de nuevo, tengo una espada, sal de ahí..."
Uno...
"Lo digo en—"
Altair salió de su escondite blandiendo la rama del árbol, pero un viento ensordecedor le hizo perder el equilibrio. Se quedó en el suelo, esperando un final que nunca llegó. Cuando Altair levantó la mirada, en donde antes estaba el guardia, ahora se encontraba el dragón rojizo que había dejado ir meras horas atrás.
En sus ojos podía detectar algo similar al agradecimiento, estos parecían brillar ante la luna, y Altair no sabía qué hacer.
"Gracias," le susurró al dragón, pensando que si este no le entendía, al menos podía sentir la gratitud en su voz.
Lentamente, el dragón se acercó a Altair, quien pudo ver al guardia desmayado justo debajo de él. Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo, pero el dragón no se mostraba amenazador, en su lugar...
"¿Quieres que te acaricie?" Preguntó Altair ante el dragón que había comenzado a arrodillarse. Este, al ser un dragón, no le contestó, así que Altair acercó su mano suavemente a su cabeza, y la colocó ahí con delicadeza.
El calor emanando del dragón era tolerable, y Altair comenzó a mover su mano de arriba abajo, lentamente, acariciando un dragón que hace poco pensó sería el causante de su muerte.
Por un segundo, Altair recordó a su madre, a la forma en que ella le había hecho sentir menos, inferior, incapaz de amar e indigno de recibir amor. Altair recordó todas las noches en que pensó que quizá su madre sería más feliz si él no existiera. Si él muriera.
Y como si el dragón estuviese leyendo su mente, se acercó más a él, y comenzó a tomar todos los sueños sobre la muerte que lo acechaban. Altair comenzó a sentirse digno de amor una vez más, mientras el dragón tomaba todo lo que Altair había odiado de sí mismo, y lo hacía desaparecer.
En un segundo, Altair no recordaba lo que solía odiar de sí mismo. Y en ese instante decidió que no tenía ganas de recuperar ese odio.
"Dragón..." Dijo Altair, sintiendo extraño el no tener una mejor forma de dirigirse a la criatura, "¿me ayudarías a subir a la ventana de esa torre?" Murmuró, apuntando a lo alto de la torre, decidido a subir y resolver el misterio de la princesa.
Se preguntaba si era hermosa. O quizá la habían desterrado por no ser hermosa... Altair sacudió la cabeza, pensando que esa no era razón suficiente para desterrar a una princesa.
El dragón volvió su mirada a la torre, luego a Altair, y al final, se dio la vuelta, arqueando su espalda para invitar a Altair a subirse en él.
En un parpadeo, Altair se encontraba en la ventana abierta de la torre de la princesa, con un dragón entre sus piernas y una pregunta en su corazón.
"¿Princesa?" Preguntó ante la ventana abierta, esperando ver a una doncella acercarse lentamente a él, pero nada pasó. "¿Princesa?" Preguntó de nuevo, esta vez acercándose un poco más a la ventana, y subiendo un poco el volumen de su voz, pero una vez más, el silencio fue la única respuesta. "No me lo puedo creer," susurró, antes de saltar dentro de la torre.
El silencio que lo rodeó causó un escalofrío en Altair, pero su mirada estaba clavada en la pulcritud de la habitación. Había una cama tendida a la perfección, y un armario abierto lleno de ropa perfectamente doblada, a la izquierda de Altair se encontraba un enorme librero repleto de libros, acomodados por tamaño.
Si hubiera parpadeado un segundo tarde, Altair habría pasado por alto la figura encogida al lado del librero, temblando ante lo que Altair suponía era el frío de la noche.
"¿Princesa?" Susurró Altair, acercándose lentamente al bulto junto al librero, y una mano salió de debajo de la sábana que le cubría. "Discúlpeme, no pretendía asustarla, yo..." Altair no encontraba las palabras para expresar su arrepentimiento al haberse presentado de esta manera. "Me voy a ir, princesa, lo siento mucho, sé que no debería estar aquí..." Altair dio media vuelta para irse, pero una voz hizo que se detuviera en seco.
"Espera," susurró alguien detrás de sí, y la confusión en el rostro de Altair floreció como las nochebuenas a mitad del invierno.
"Prin... ¿cesa?" Preguntó Altair, volviéndose a la voz. Sin embargo, donde antes estaba un bulto encogido en el suelo, ahora se encontraba el hombre más hermoso que Altair había visto en su vida—que, de nuevo, no habían sido muchos. Su piel bronceada hacía que sus ojos cafés brillaran de una manera ciertamente única; su cabello se encontraba al ras en los costados, pero en la parte de arriba este se acomodaba hacia su izquierda, cayendo ligeramente a la altura de las cejas, pulcramente cuidadas. El hombre se encontraba ligeramente encorvado, como si temiera por su vida; sus dedos no dejaban de entrelazarse y soltarse, un movimiento constante que parecía no poder detener.
"¿Por qué me llamas princesa?" Musitó el hombre, su voz apenas audible, pero causando que Altair quisiera acercarse a él, pedirle que hablara de nuevo, que le susurrara... "Extraño," dijo el hombre al ver que Altair no contestaba, "¿quién eres?"
Altair se encontraba conmocionado, ¿quién era este hombre hermoso y dónde estaba la princesa? ¿Qué había hecho con ella? ¿Tendría acaso que avisarle al rey?
"Me llamo Altair..." Susurró él, esperando que el hombre se presentara a sí mismo, pero no lo hizo. "¿Y tú eres?"
El hombre lo observó de arriba abajo, miedo aún reflejado en sus ojos, pero su postura mejoró un poco. Altair comenzó a sentir miedo, a la vez que admiración; una adoración ciega que no entendía de dónde había nacido.
"¿Por qué llamabas por una princesa?" Le preguntó el hombre, y antes de poder detenerse, Altair le contó todo al hombre, desde su decisión por dar caza al dragón hasta el final de la cena real, tratando de evitar el omitir cualquier detalle importante. Al finalizar, el hombre solo soltó una ligera carcajada, y se acercó a Altair. Su presencia lo intimidaba, por alguna razón, incluso más que el dragón, cuando pensó iba a morir a sus manos.
"Mi nombre es Rallo, rima con palo," dijo Rallo, "y supongo que soy la princesa."
Altair se encontraba desconcertado, en parte por la dulzura que escuchaba en la voz de Rallo, en parte por lo increíble que se veía ahora que no temblaba, parado frente a él, y en parte por lo que acababa de decir.
"Pero... Eres hombre, ¿no?" Dijo Altair, "es decir, te ves como un... Me refiero a... ¿Te gusta que te digan...? ¿O acaso...? Es que tú..." Altair no podía terminar una sola oración porque sus pensamientos terminaban cruzándose entre sí.
Rallo soltó una risa y colocó una mano en el hombro de Altair, quien por un segundo solo pudo pensar el calor que emanaba de ella, y en fantasear cómo se sentiría si sus manos llegaran a juntarse.
"Los caballeros de mi padre pretenden insultarme al decirme princesa," contestó Rallo, "pero no, no prefiero que me hables como si fuera una mujer, Altair, refiérete a mí como lo harías a un hombre."
Altair asintió, un escalofrío recorriendo su cuerpo al escuchar su nombre musitado por Rallo, mientras asimilaba las palabras que acababa de escuchar.
"Pero... Si no eres la princesa..."
"Soy el príncipe, sí, en cierto sentido... Siendo este sentido el que comparto sangre con el rey," susurró Rallo, soltando una carcajada. Altair soltó una risa junto a él. Comenzaba a sentirse cómodo con Rallo, pero una parte de sí no podía evitar preguntarse la razón detrás de eso.
"¿Y por qué te dirían princesa? ¿Cómo te insultan con eso? ¿Y por qué tu padre te desterró hasta aquí?" La pregunta que había traído a Altair hasta la torre del pantano escapó sus labios con facilidad, y temió haber dicho algo que no debía, pero Rallo solo sacudió la cabeza.
"Cierto día, uno de los caballeros de la guardia real me vio escabullirme a los establos en la mitad de la noche, y pensó que estaba tramando algo para quitarle el reino a mi padre," Altair asintió, así que todo este tiempo, la respuesta había sido lo que él había pensado, Rallo sí que era un traidor al reino. "Pero estaba equivocado," continuó Rallo, ignorando la confusión en el rostro de Altair, "cuando mi padre entró a los establos y me encontró a medio desvestir con uno de los mozos, me dijo que era una decepción para el reino, y que no quería volver a verme de nuevo, es así como terminé aquí."
La mente de Altair estaba dando vueltas, y una parte de él estaba enfurecida, aunque no llegaba a comprender en su entereza por qué. Quería gritar, golpear algo, ir al castillo y preguntarle al rey si de verdad valía la pena perder a su hijo por algo así.
"¿Te hizo todo esto solo porque estabas con otro muchacho?" Preguntó Altair, tratando de contener la ira en su voz.
"¿Qué?" Preguntó Rallo, levantando la mirada. "No, no fue eso, mi padre sabía que me gustaban los muchachos, jamás tuvo problema con eso. Sin embargo, sí me dijo que me mantuviera alejado de los mozos y yo solo lo desobedecía una y otra vez." La mirada de Rallo se perdió en el horizonte, viendo por la ventana el reino en el que antaño permaneció. "Supongo que esa fue la gota que derramó el vaso." Susurró.
Altair miraba a Rallo y sintió unas ganas casi incontenibles de sostenerlo entre sus brazos. Y contenerlas fue exactamente lo que no hizo, acercándose por su espalda y rodeándolo con sus brazos. Rallo solo levantó su mano y la colocó sobre la mano de Altair, acariciándola lentamente.
"Tu padre es un cobarde," le dijo Altair a Rallo, "no mereces estar aquí encerrado por cosas sin sentido."
Rallo se dio la vuelta y ahora se encontraba cara a cara con Altair.
"No lo sé, Altair," dijo, y Altair sintió como su corazón aceleraba su pulso al escuchar su nombre dicho por Rallo, con delicadeza "desobedecí a mi padre una y otra vez por muchachos que quizá no valían la pena, por tardes de puro placer... Creo que me gané este castigo..."
Altair sabía que no había nada que pudiera hacer para convencer a Rallo de lo injusto que era que estuviera aquí, porque entendía lo que era pensar que mereces el castigo que se te ha impuesto.
"Sigo sin entender por qué los caballeros trataban de insultarte llamándote princesa," susurró Altair, pero cuando las palabras abandonaron sus labios, hizo la conexión. "No es porque amar a muchachos es cosa de mujeres, ¿verdad?" El silencio de Rallo fue respuesta suficiente.
"No todos son como mi padre, o como tú," dijo Rallo, "hay personas que simplemente no entienden al amor, y supongo que eso está bien."
Altair no estaba de acuerdo con eso, porque no entender el amor era diferente a odiar el amor. No era lo mismo no comprender cómo funcionaban las emociones románticas a odiar el romance solo porque este no se expresaba de la manera que a alguien piensa debería expresarse. No saber amar era diferente a tratar de hacer sentir menos a alguien que sí sabía cómo amar. Altair sabía que aquellas personas que odiaban la manera en que Rallo amaba—no era porque no entendieran el amor—era porque no querían aceptar que la manera en que aman no es la única manera de amar. Los caballeros burlándose de Rallo llamándole princesa jamás habían entendido lo que era amar de verdad, jamás habían sentido amor verdadero.
"¿Cómo es que tú no sientes que quieres alejarte de mí, Altair?" Preguntó Rallo, mirando a Altair directamente a los ojos.
"Supongo que..." Altair no sabía qué respuesta dar, jamás había pensado que fuera algo inusual que un muchacho amara a otro, "porque no he convivido con mucha gente creciendo, jamás me enseñaron a odiar a la gente como..." Pero Altair se detuvo antes de terminar la frase, porque algo de ella no se sentía bien en sus labios.
"A la gente como yo," terminó Rallo, exhalando. Dando media vuelta, Rallo recargó sus codos en la ventana y miró el exterior.
"Discúlpame, Rallo," dijo Altair acercándose, "no pretendía ser insensible, es que no sabía qué palabras utilizar."
Rallo susurró algo que Altair entendió como "no es por eso que dolió," pero no podía estar seguro.
Altair se acercó a Rallo, mirando su figura desde atrás, y sintió un deseo por sostenerlo entre sus brazos una vez más. Altair comenzó a darse cuenta de que quizá no encontraba fascinantes los rostros de los hombres solo porque había estado en soledad tanto tiempo, quizá era algo más...
"¿Has besado a alguien más después del mozo en el establo?" Preguntó Altair, y Rallo mantuvo su mirada en el horizonte. Por un segundo, Altair pensó que quizá Rallo no lo había escuchado, hasta que contestó.
"Mi padre me mandó aquí ese mismo día, y aquí he estado desde entonces, así que... No, no lo he hecho, Altair."
Altair se acercó a la ventana y se colocó junto a Rallo, la ventana era lo suficientemente ancha para que sus siluetas se vieran iluminadas por la luna, alta y gloriosa en el cielo.
"¿Quisieras besarme?" Preguntó Altair, volviendo su mirada a Rallo, quien lentamente volvió su rostro a Altair.
"Sí," susurró este, y Altair cerró poco a poco la distancia entre sus labios, cuando estaban por encontrarse, Rallo cerró los ojos, Altair hizo lo mismo, y entonces hicieron contacto.
Los labios de Rallo se sentían suaves, delicados. Altair solo había hecho esto antes con mujeres, pero Rallo se sentía diferente, no precisamente mejor, quizá solo... Único. Altair se separó de Rallo y la luna transformó la sombra individual que habían creado en dos sombras una vez más.
"¿Te gustó?" Preguntó Rallo, y Altair solo asintió, sin poder formular palabra alguna.
De ese día en adelante, Altair visitaba a Rallo noche tras noche montado en Cenizas, el dragón rojo que comenzaba a hacerse su amigo. Comenzaron a hablar de todo, de sus infancias, de las cosas que hacían creciendo, Altair le contaba a Rallo sobre su madre, y Rallo le contaba a Altair sobre el rey.
Poco a poco, su amistad se tornó en algo más, en besos robados a la luz de la luna, en carcajadas silenciosas acostados en la cama, a toques furtivos que ruborizarían a la persona más virgen del reino.
Un día, Altair decidió que estaba cansado de esto, y decidió llevarse a Rallo lejos del reino, lejos de su padre, lejos de la torre que lo ataba, a algún lugar en el que pudieran amarse sin pedir perdón, ni pedir permiso. Altair le pidió a Rallo que montaran a Cenizas y comenzaran una vida juntos, donde pudieran amar bajo la luz del sol, y no solo en la quietud de la noche. Sin embargo, Rallo no estaba de acuerdo con el plan, no porque no quisiera irse, sino porque tenía una mejor idea. Al contarle a Altair lo que tenía planeado hacer, él temió, pero la confianza que le tenía a Rallo era mayor que sus temores.
Y fue así como Altair y Rallo se presentaron en el castillo del rey, tras meses de esconderse, escabullirse y verse solo bajo la sombra de la luna. Rallo habló con su padre, recontándole la historia de Altair y el dragón; de cómo él había traído paz al reino.
El rey, sin dudarlo, aceptó a su hijo de regreso al castillo, y meses después, una boda que duró semanas enteras fue celebrada, convirtiendo a Altair y a Rallo en futuros reyes del reino, cuando el rey llegara a fallecer.
No todos en el reino aceptaron la decisión del rey, pero quienes se quejaban de la misma eran la minoría, y el resto del mundo acallaba a quienes no querían entender el amor. Altair y Rallo ahora viven en el castillo, y por primera vez en todo el tiempo que han estado juntos, pueden despertar uno al lado del otro, al salir el sol, acostados en la misma cama.
Altair a veces se encuentra con Cenizas en el bosque, y el dragón solo se sienta con él, conviven juntos, antes de que este regrese con sus crías a mitad del océano.
Altair y Rallo saben que gobernar el reino cuando el rey fallezca no será tarea fácil, pero sonríen, y se despreocupan un poco al recordar que se tienen el uno al otro, sosteniendo la esperanza de que eso sea suficiente.
Escrito en Agosto 22, 2020
Esta ha sido una historia muy hermosa; te agradezco muchísimo por haberla escrito. Me he quedado con las ganas de saber más sobre Rallo, Altair & Cenizas. Me sentí muy emocionada y con una sensación adorable cuando ellos convivían.
ResponderEliminar¡Muchas gracias por esto!