Te Escribo Sentado Bajo las Estrellas

Cuando llegaste a mi vida, traías dos grandes bolsas contigo, en una guardabas tu ropa y esos medicamentos que te ayudaban a dormir.
En la otra estaban todos tus arrepentimientos, los pecados que habías cometido y el dolor que habías intentado dejar a tus espaldas.
Al principio, no me dejaste ver la segunda bolsa.
Te encontré fuera de mi casa antes de que llegaran mis padres, y yo entraba despreocupado de la vida cuando me hablaste y me dijiste:
"Oye, ¿no me recuerdas?"
Y al mirarte, supe quién eras, vagamente.
Eras un recuerdo borroso de mi infancia, eras una foto acumulando polvo en alguna parte de mi hogar, eras un juego de las escondidas y tantos deportes sin reglas.
"Sí, sí, claro, vaya, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿10 años ya?"
Te pregunté, y aunque luego me enteré de que tenías una pésima memoria, contestaste:
"Tenía, ¿qué serían? 8 años cuando me fui, y tengo 19, así que, 11 años, más o menos."
Sonreí mientras te dejaba entrar, mis papás llegarían en un par de horas, así que te dejé instalarte.
Terminaste durmiendo en el cuarto de invitados, solo.
Las primeras noches, tu presencia pasaba desapercibida, eras un murmullo que había entrado a mi vida sin pedir permiso, un susurro que se mantenía en las sombras, hasta la noche en que quisiste escabullirte, y me dijiste que te acompañara.
La noche en que fuimos a aquel bar y coqueteaste con aquella muchacha y mis sentimientos se alocaron, por alguna razón que decidí ignorar.
Esa noche en que te pusiste tan borracho que llegaste a la casa a vomitar, y lloraste en mi cuarto, me tomaste de la mano, pero no me explicaste nada, y yo no te pedí explicaciones.
Días después tocaste mi puerta por la noche, y me dijiste que no podías dormir, pero estábamos castigados, así que—a menos de que quisiéramos morir a manos de mis padres—no podíamos salir en absoluto.
Te sentaste en mi cama y sentía como mi cuerpo se calentaba con tu cercanía.
No entendía qué me pasaba.
Nos quedamos hablando hasta tarde; me contaste de tu papá, de la faceta que pone con todo mundo, de drogadicto reformado. Luego me contaste de los tres escondites llenos de cocaína que había en tu casa.
Cuando te dio sueño, te acompañé al cuarto de invitados, pero me dijiste que no querías dormir solo.
No me ofreciste dormir contigo, y yo no me ofrecí a hacerlo, así que cargamos tu colchón hasta mi cuarto y lo dejamos a los pies de mi cama.
Te quitaste la camiseta para dormir, y pude ver los tatuajes en tu pecho, mi mirada centrada en tu piel, teñida por el sol, musculosa y...
Recuerdo que sacudí mi cabeza en ese preciso instante para no dejar que mi mente fuera más allá.
Me río ahora de eso, de lo confundido que estaba.
Te acostaste boca abajo, y pude recorrer con la mirada tus músculos, la curvatura de tu espalda, lo tonificada que estaba.
Comenzaste a dormir en mi cuarto, a los pies de mi cama, de ese día en adelante.
Dormir cerca de mí te tranquilizaba, por alguna razón, y mis padres siguieron el juego.
Recuerdo aquel día, sentados en la plaza, bajo la luz de las estrellas, solos tú y yo. El viento te despeinaba y había una sonrisa en tus labios que a día de hoy me cuesta olvidar.
Recuerdo que te pedí cerraras los ojos, y recuerdo que me hiciste caso, porque confiabas en mí.
Confías en mí.
Me acerqué a tu mejilla, y con todo el valor que pude acumular en ese momento, la besé. Solo tu mejilla.
Pensé que te asustarías, pero solo me abrazaste, sonriendo, y me dijiste que me querías.
No recuerdo si lo repetí.
Tantas cosas pasaron cuando estuviste en mi hogar, cuando tenías 19 años, y yo tenía 18.
Me arrepiento de jamás haber tenido el valor de juntar mis labios con los tuyos, y tú sabes que yo no me arrepiento de nada.
Quizá eso te habría asustado, pero quizá no.
Jamás lo sabré, y eso es lo que más me duele.
Tus problemas del pasado regresaron a joder tu presente, y te tuviste que ir; me abrazaste una última vez.
Detrás de una imagen de dos niños abrazados colgada en la pared de mi cuarto hay un hueco causado por mis nudillos minutos después de que me dijiste que lo mejor era que te fueras.
Estábamos solos tú y yo, y me abrazaste por última vez, antes de salir por la puerta, sin retorno.
En el tiempo que estuviste con mi familia, olvidabas desayunar de vez en cuando, a veces olvidabas encargos, a veces olvidabas ir a trabajar, había días en que olvidabas por qué amabas el alcohol, y por qué amabas olvidar. Tu memoria nunca fue una maravilla.
El día que te fuiste, me tiré al suelo de mi cuarto, donde el colchón sobre el que dormías solía estar, y encontré tu camiseta debajo de mi cama.
Solo tenías 3, cuando llegaste, y esta era una de esas.
La olí, y pude olerte en ella.
Temía tantísimo el día en que tu perfume se fuera a desprender completamente de la camiseta y olvidaría cómo hueles, cómo te sentiste cuando te abracé por primera vez.
Pero un día pasó.
Desapareciste de la camiseta, y a tu aroma lo sustituyó el mío.
A veces, en días como hoy, me pongo tu camiseta, para recordarte.
Y vengo a la plaza, a sentarme bajo las estrellas, y te escribo, aunque sé que jamás leerás nada de esto.
Te extraño, y no sé dónde estás ahora.
Estoy feliz, de verdad, y espero tú lo estés, ahí donde te encuentres.
Tu aroma no perduró, pero tu recuerdo sigue vivo en mí.
Bueno, te dejo, porque debo irme a casa.
Te quiero.
A donde sea que te hayas ido, espero sepas que nunca dejé de quererte.

Escrito en Abril 30, 2019

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