Hasta la Médula

Nací en una familia católica. Me crie entre oraciones, yendo a catecismo, visitando la iglesia domingo tras domingo, con la viva imagen de Jesús, y de un Dios que con todo podía.
Conforme fui creciendo, mis lazos con la iglesia se debilitaban, segregándome del mundo que, innegablemente, siempre me iba a rodear.
Escuchaba día tras día a mi madre decir "que Dios te bendiga," a mi abuela diciendo "si Dios quiere" cuando me despedía de ella, su nombre era una letanía repetida por todos. Algo que nunca aprendí a hacer, las palabras "con el favor de Dios," en un punto, dejaron de sentirse genuinas al salir de mis labios, dejaron de sentirse mías.
Pero no había escapatoria, porque mi hermana creció en este mundo también, y me tocaba acompañarla a catecismo, ir a misa con ella, a veces obligado por mis padres, porque en las misas nunca me siento seguro.
Al final, encontré cierto balance, cierta paz. En el momento en que dejé de creer en la iglesia, algo cambió dentro de mí. En el momento en que me enamoré de otro muchacho, algo se rompió dentro de mí.
Jamás debilité mi lazo con Dios, pero dejé de procurarle como antaño hacía. En mi cabeza solo podía escuchar lo mal que estaba ser... Yo.
Creciendo en una sociedad católica, comprendí que estaba mal querer a alguien que se asemejaba tanto a mí, así que lo oculté, así que lo alejé de mí, así que le hice el daño suficiente como para que no quisiera regresar conmigo.
Reprimía todos mis sentimientos impuros porque necesitaba estar bien con Él, con Dios. Asistía a misa con mi familia, y me sentaba una hora con Él, ignorando lo que el padre decía, porque no me interesaba lo que tuviera que decir, mucho menos si terminaba metiéndose conmigo. No quería escucharlo diciendo que lo que yo hacía, lo que yo pensaba, mi mera existencia, estaba mal.
Seguí creciendo, seguí odiando la forma en que me sentía, pero poco a poco comprendí que era imposible deshacerme de estos sentimientos. Comprendí que jamás se irían, y que... Que quizá no era yo el que estaba mal.
Asistía a la iglesia y escuchaba palabras vacías que salían del padre; jamás pensé menos de él, pero sí de la institución que sostenía. La iglesia jamás fue mi amiga, pero Dios no era la iglesia.
Me enamoré, una vez más, y le dije a mi mamá... Emocionada, me preguntó quién era ella...
Ella...
Con una sonrisa, bajé la mirada, porque era ahora o era nunca... Y se lo dije.
Le confesé la verdad que había ocultado todo este tiempo y... Y me dijo que seguro estaba confundido, que yo no parecía...
¿Qué, mamá? ¿Que no parecía qué? ¿Por qué no te atreviste a decir la palabra? ¿Acaso lo iba a hacer demasiado real? ¿Acaso si escupías esas tres simples letras no iba a haber vuelta atrás?
Gay.
¿O acaso era homosexual?
¿O joto?
¿O puto?
¿Era acaso 'uno de esos' lo que quisiste decir?
¿Cuál era la palabra que tanto miedo tuviste de musitar? Me gustaría saberlo...
¿Que no lo parecía? ¿Querías que moviera mis caderas de un lado a otro, acaso? ¿Querías que fuera más 'amanerado'? ¿Acaso piensas que ser gay es lo mismo a ser una niña? ¿Tan difícil era entender que solo era un niño que se había enamorado de otro niño?
No te tardaste en meterlo a Él en esta conversación entre tú y yo.
Porque cuando te dije que un día quería casarme, porque cuando te dije que un día quería tener hijos, criarlos, amarlos, me dijiste que no. Que jamás iba a poder hacer eso. Que Dios nunca lo aprobaría, que Él jamás me dejaría hacer eso.
Me dijiste que no, y te escondiste detrás de Él, porque pensaste que era tu decisión.
Me sorprende todo lo que ha pasado desde que te dije. La forma en que me defiendes cuando alguien habla mal de mí, la forma en que dices "cuando te cases," o "cuando tengas hijos," me sorprende lo que has avanzado desde el momento en que me destrozaste y jamás me pediste perdón.
El momento en el cual—recordándolo—me haces sentir que no soy lo suficientemente gay, que me falta algo. ¿Qué más querías de mí?
Pero siempre que recuerdo ese momento, solo pienso en Dios, en como dijiste que Él jamás me aceptaría. Nunca me has dicho que Él lo hará, nadie nunca me lo ha dicho.
Nadie jamás se ha acercado a mí a decirme que Dios me ama, tal y como soy, homosexual hasta la médula.
Crecí, me rompieron el corazón, aprendí. He hecho el bien sin mirar a quien desde entonces. Si alguien necesita de mi ayuda, ahí estoy; si precisan de un hombro para llorar, tengo dos; si necesitan amor, cariño, palabras de aliento, las tengo todas, las regalo. He sido, y he existido por los demás. He amado porque aprendí a amarme a mí mismo.
Aprendí a vivir en paz, en balance, yendo a la iglesia a estar con Dios, y a ignorar el edificio que me rodea. La iglesia jamás se cansará de decirme lo mal que estoy, y la repudio por ello. Así que hablo con Dios, y le digo cómo va mi día, y le pido por mi familia, y por mis amigos, y por todos aquellos que sufren y necesitan de ayuda.
Le pido por todos esos niños católicos que se enamoraron de otro niño, y por esas niñas católicas que se enamoraron de otras niñas. Le pido porque los ame como son, y les haga saber que los ama tal y como son, homosexuales hasta la médula, porque sé que nadie se los ha dicho.
A pesar de ello...
Hay días en que pienso que no importa nada de lo que haga.
Hay días, como hoy, en que una persona acaba de cruzar el umbral de mi puerta con lágrimas en los ojos, y sigue a mi lado, desahogándose.
Días como hoy, en que pienso en todo el bien que he hecho en el mundo.
O que creo he hecho en el mundo.
En mi abuela, que aún me ama, en mi madre, quien siempre tendrá una mano mientras estas sigan pegadas a mis brazos, en mi padre, que todavía batalla para soltar la palabra, pero me ama incondicionalmente, en mi hermana, que sigue viéndome como siempre me vio, en mis amigos, que se han referido a mí como un ángel caído del cielo... Yo solo soy una persona, haciendo lo posible porque el mundo sea un lugar mejor.
Una vez escuché que el más allá es solo una manifestación de lo que la gente piensa de nosotros en vida. Una persona a quien todo mundo odia, vive su propio infierno personal, y una persona cuyo corazón fue de oro, vive en su cielo magistral.
Si sé que tanta gente me ama en vida, ¿por qué pienso que Dios, como todo mundo siempre me dijo, me mandará al infierno por el simple hecho de ser gay? ¿El minúsculo hecho de que me gusten los niños me condenó la vida más allá de la muerte?
A pesar de que mucha gente piensa alto de mí, el miedo de terminar allá abajo me acecha en las noches.
¿Acaso merezco el cielo si soy... Gay? ¿Acaso necesito perder esa parte de mí para que las grandes puertas de oro se abran? ¿Cómo hago para entrar al cielo sin dejar de ser yo?
Y si estoy perdiéndola... ¿En verdad quiero ir al cielo?
Dios... Él es el único que sabe qué me depara en mi camino... Toda mi vida, todo este miedo... ¿Algún día se irá?
Nací en una familia católica...
Tiene que haber una razón por la cual estoy aquí, y tal vez sea para intentar cambiar el mundo...
No sé, poco a poco... A mi ritmo... Quizá en algún momento deje de ver a la iglesia tan mal... Pero hoy no.
Hoy, solo queda ser... Yo.
Homosexual—y con una creencia infinita en Dios—hasta la médula.

Escrita en Febrero 17, 2020

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Concepto del "Me Gustas"

Una Historia Medieval

Mariposas en el Estómago