1240 Kilómetros
La distancia es bastante curiosa.
Puede ser un reto, un inconveniente, una aventura... Puede serlo todo, pero en general, es... Confusa.
¿No me crees? Bueno, escucha lo que tengo que decirte.
Han sido dos ocasiones en las que mi corazón se ha visto comprometido por la distancia, déjame te cuento de la primera vez.
Era un simple día de verano y mis labios acababan de ser besados por primera vez, por un muchacho cuyo corazón estaba enteramente en mis manos.
Recuerdo que estábamos parados afuera de su casa, y se acercó a mí... Ni siquiera me tuvo que preguntar nada, cerrando la distancia entre nosotros, me empujó hacia la pared y unió sus labios con los míos.
En mi mente, esto era lo que había deseado tanto tiempo, sentir labios de alguien a quien realmente quisiera besar... Sin embargo, mi corazón difería, y fue tras ese beso que me di cuenta de que las cosas entre él y yo no iban a funcionar.
Días después, bajo las estrellas, dentro de mi carro, me preguntó qué iba a ser de nosotros ahora que me iba a ir a estudiar lejos. Lo miré a los ojos y le dije que no sabía.
"¿Estarías dispuesto a tener una relación a distancia?" Me preguntó, y podía ver en sus ojos cuánto ansiaba que le dijera que sí.
"Creo que..." El silencio lo mataba, pero las palabras no encontraban cómo salir por mis labios. No podía verlo a la cara, no sabía cómo romper su corazón con delicadeza.
"No tiene que ser conmigo, solo necesito saber si estarías dispuesto a pasar por una."
Sus palabras me tomaron desprevenido porque jamás lo había pensado. ¿Cuál era mi pensamiento general de las relaciones a distancia?
"¿Quizá?" Fue lo mejor que pude darle.
"Entonces voy a luchar por ti hasta que me digas que me detenga." Fueron las palabras que me dirigió antes de bajarse del auto.
A día de hoy, todavía me pregunto si debí decirle que se detuviera desde antes. Quizá no rompí su corazón de la mejor manera, pero habría sido peor dejar que luchara por mí si yo no pensaba luchar por él.
Desde ese día, empecé a considerar relaciones a distancia. En mi santa vida había pasado por alguna relación de cualquier estilo, nunca había sentido cariño hacia un muchacho que sintiera lo mismo por mí, así que no me preocupaba tanto.
Tiendo a culpar a mis expectativas por mi soltería, el saber todo lo que valgo hace que muy pocas personas realmente lleguen a esos estándares, pero sé que una vez ahí, es difícil deshacerme de los sentimientos.
Relaciones a distancia... ¿Funcionaría yo en una?
La pregunta recorrió mi mente varios meses, y mi resultado siempre variaba. Por lo general, me imaginaba que funcionaba, quizá esa seguridad nacía de la ingenuidad, o solo tal vez, se debía a lo seguro que soy de mis sentimientos.
Una relación a distancia—para mí—solo funcionaría si la persona a quien amo me ama de regreso, lo suficiente como para ganarse mi confianza, lo suficiente como para ganarse un lugar en mi corazón, lo suficiente como para que lo que siento por él valga más que la capacidad de abrazarlo, besarlo... Y entonces sucedió una vez más.
Meses después, tras haber destrozado por completo el automóvil de mis padres a mitad de las vacaciones de verano, me encontré castigado por dos meses enteros sin salir de mi casa.
Mis padres no me dejaban ir a comprar mandado, no me sacaban a pasear los domingos, era como estar en una cárcel, pero al menos me habían permitido mantener mi teléfono.
Un día, empecé a hablar con un muchacho cuya conexión conmigo fue instantánea. Pasaba de día a noche hablando con él, contándole de mi vida, de lo que leía, veía, me animé a mandarle mis videos cantando y él en cambio me enseñaba las manualidades que hacía con arcilla.
Día tras día me pedía que saliera con él, pero me era imposible estando encerrado en mi casa, y le decía que tenía que esperarse a que se acabara mi encierro. Él jamás me hizo sentir mal por no poder verlo.
Conforme pasaba el tiempo, me animé a decirle que me gustaba, porque mis emociones en pos de él eran fuertes. Veía su sonrisa infantil y mi corazón palpitaba, me perdía en las fotos que me mandaba de sí mismo, imaginaba mi dedo recorriendo su labio, delicadamente, y me veía acercándome a él, preguntándole "¿puedo besarte?" y cuando él decía que sí, mi corazón saltaba ante la ilusión.
Cuando él me dijo que sentía lo mismo por mí, le grité a mi almohada como nunca antes había gritado, un chillido agudo que me habría dado vergüenza cualquier persona hubiera escuchado.
Eso fue antes de que la distancia se presentara de nuevo.
Ay, la distancia, tan confusa y traicionera.
Un día, él se enteró que, mientras yo era de esta ciudad, no estudiaba aquí, donde él sí.
En cuanto me preguntó eso, la pregunta que me hizo aquel primer muchacho resurgió en mi mente.
"¿Estarías dispuesto a tener una relación a distancia?"
Esta vez, la respuesta llegó con sencillez.
"Sí."
Porque con él, no sentía duda alguna. Jamás lo había tocado, jamás lo había besado, nunca lo había abrazado, ni había recargado mi cabeza en su pecho, ni había jugado con su cabello. Nunca había tomado su mano, nunca había trazado la forma de su rostro, nunca había colocado mis manos en sus caderas y lo había acercado a mí, hasta que nos volviéramos uno solo.
Pero lo sentía todo.
Sentía un deseo porque me dijera buenos días todos los días, y porque me deseara buenas noches cuando se iba a dormir. Sentía un deseo por aprender cómo prepara su café, con un poco de azúcar más de lo normal, y de cómo creaba figuras con arcilla. Sentía un deseo de compartirle mi felicidad, de contarle de todo lo bueno que pasaba en mi vida, y lo malo, y lo medio, de lo que traía sonrisas a mi rostro y lo que me molestaba.
Sabía que si hablaba con él, él me escucharía.
Sabía que él.
Simplemente, él.
Pero él no pensaba lo mismo. Temeroso, me confesó cómo había sufrido su corazón en el pasado por culpa de la distancia.
Me confesó cómo la necesidad de abrazar a la persona cuyo corazón amaba fue más fuerte que los sentimientos que había entre ellos.
Y me asusté.
¿Cómo le hacía ver que yo no era aquel que había maltratado su corazón? ¿Cómo le explicaba que él valía mucho más que un abrazo? ¿Mucho más que un beso? ¿Cómo hacía que entendiera que no tenía que repetirse lo mismo?
Pero, una vez más, ¿dónde estaba mi experiencia? Mis relaciones eran fugaces, y nadie jamás me había hecho sentir como él.
Me dijo que no podía pasar por lo mismo de nuevo, e hice lo que me juré jamás iba a hacer.
Le pedí que no me dejara.
Le pedí que no se rindiera todavía, porque sabía que él no quería irse.
En mis intenciones no se encontraba dañarlo, sino quererlo. Respetarlo. Hacerlo sentir amado como jamás lo habían amado.
Así que le dije "hay que intentarlo."
Y me dijo "no lo sé."
"Hace tiempo te dije que me gustabas," le dije, "y eso no ha cambiado, ¿y tú?"
Al principio no entendió la pregunta, pero captó tras un suspiro.
"Sí, todavía me gustas," me dijo, y mi corazón saltó un poco.
"Me gusta hablar contigo, reír contigo, contarte todo de todo," susurré, y él rió.
"A mí también me gusta todo eso, eres la primera persona que me hace sentir todo esto, pero..."
"Pero, ¿qué?"
"Me da miedo," susurró, y sentí mi corazón encogerse.
"¿Qué es lo que te da miedo, cariño?" La palabra escapó mis labios antes de poder detenerla, pero la dejé irse.
"Me da miedo salir lastimado... O lastimarte a ti, no sé... No tienes idea de lo complicado que puede volverse todo, te quiero mucho como para hacerte pasar por eso."
Entendí su miedo.
Lo entendí, porque nada me aseguraba que no lo iba a lastimar. Nada me aseguraba que, por una u otra razón, no iba a terminar haciéndole daño. Nadie me aseguraba que él no me iba a lastimar.
"Sabes cómo te trato," le dije, "y te seguiré tratando de esta forma. Déjame tratarte como siempre has querido que te traten." Las palabras salían de mis labios sin poder ser detenidas, nacidas de un lugar que no lograba alcanzar. "Te quiero, y me quieres, ¿no?"
"Sí, pero..."
"¿Me estás diciendo, entonces, que no te arrepentirías si me dejas ir? ¿Me dices que si acaba aquí, nunca te preguntarás qué habría pasado?"
El silencio me mataba, pero podía sentir que sus sentimientos hacia mí eran más fuertes de lo que llegaba a imaginarme.
"No sé si me arrepentiría, pero no quiero lastimarte. No lo mereces."
Exploté.
"¿Cuándo te darás cuenta de que lastimar a las personas que queremos no es obligatorio, pero tampoco inevitable? Quizá me lastimarías aunque nos viéramos diario, quizá me lastimaría más que me dejaras ir. Pero, ¿sabes qué? Vales la pena. Vales que me lastimes, si llegas a hacerlo, porque el dolor es tolerable, pero la pregunta de qué habría sido de nosotros me va a atormentar hasta que mi corazón deje de sentir por ti. Si me llegas a lastimar, vale la pena ese dolor, porque al menos estoy contigo para superarlo, porque, ¿de qué me sirve quedarme callado si me haces daño? Ese no soy yo, porque no me gustan los problemas sin solucionar," respiré un segundo, pero aún no terminaba de hablar, así que continué, "si no estás dispuesto a intentarlo solo porque piensas me vas a hacer daño, ahórratelo, porque estoy dispuesto a tolerar ese daño por ti, no me uses para justificarte. En cambio, si no quieres intentarlo porque piensas que no va a funcionar, ya vamos perdiendo, porque de nada sirve empezar algo si ya ves desastre al final."
El silencio se alargó entre nosotros.
Podía escucharlo respirar, y un pequeño gemido hizo que me diera cuenta de que estaba llorando.
Oh, no.
"Hey, ¿sigues ahí?" Pregunté. "No era mi intención hacerte llorar, es solo que..."
"No, no..." Me contestó. "No lloro porque me duela, es solo que... Nunca nadie había estado tan dispuesto por mí," me susurró, y podía escuchar como el llanto crecía.
"Siempre te he dicho lo mucho que vales," susurré, y pude escuchar cómo se reía entre el llanto.
"Sigo teniendo miedo de que nuestros sentimientos no sean suficientes."
Las lágrimas ahora amenazaban con escaparse de mí.
"Si llegas a ver un mundo en el que estamos juntos, ¿por qué no te lanzas y lo creas? No puedo prometerte que vayan a ser suficiente, pero puedo prometerte que lo intentaré con mi alma entera."
Temí.
Le estaba pidiendo que me eligiera, y me prometí hace mucho que nunca iba a hacer eso, pero aquí me encontraba, a su merced.
Hace años me dije que si alguien no se decidía por mí por sí solo, no quería que me escogiera porque yo se lo pedí.
Traicioné a aquel joven que se hizo aquella promesa.
"Está bien," fueron las palabras que él dijo. "No quiero arrepentirme, pensando en lo que habría sido mi vida contigo."
Dentro de mí, aunque yo sabía que él no quería irse, lo forcé a tomar una decisión que debió haber tomado él solo. Sin embargo, mi corazón saltó de la emoción.
Pasaron los meses y por fin pude verlo. Lo abracé como deseé abrazarlo desde siempre, y fue en nuestra primera cita que le pregunté si podía besarlo. Accedió, y sus labios se encontraron por fin con los míos, como día y noche soñaba hicieran; esta vez, el beso se sintió como todo lo que necesitaba.
Día tras día, le hice ver que él valía mucho más que el tacto entre nosotros. Hasta el momento en que tuve que regresar a la ciudad en la cual estudiaba él jamás se arrepintió de haberme elegido.
Y pasaban los meses, y mi amor por él no disminuía, aun encontrándonos a 1240 kilómetros de distancia me emocionaba todo lo que hacía, lo que me decía y cómo me incluía en su vida, todo él, incondicionalmente. Llamadas que duraban horas, videollamadas donde lo veía sonreír, o hacer cosas con arcilla, donde me escuchaba cantar y donde veíamos series en las cuales él siempre—realmente, siempre—se quedaba dormido.
Y me di cuenta de todo lo que ya sabía, que él vale todos sus buenos días, todos sus buenas noches, él vale la forma en que me dice cariño, la forma en que me dice te quiero, la forma en que me obliga a ver sus películas favoritas aunque le dije que no quería verlas sin haber leído los libros antes, la forma en que vemos nuestra serie favorita y tengo que calmarlo en las partes tristes—o despertarlo en las importantes—él vale una taza de café y un desayuno a deshoras, él vale una lista entera de canciones y un mundo de manualidades con arcilla, él vale su sonrisa preciosa, sus ojos hermosos y la forma en que me habla.
Pero él sabe lo que vale.
Así cómo yo sé lo que valgo.
A día de hoy, lo llamo mi novio, porque accedió a serlo cuando se lo pregunté. Curiosamente, mi primera relación fue una a distancia, bueno, vaya, es a distancia.
Todavía amo escuchar su voz, su risa, y me di cuenta de que realmente no necesito tocarlo para amarlo.
La primera vez en que pude estar en una relación a distancia, me detuve porque mi corazón sabía que no era mi lugar.
La segunda vez, pude haberme detenido, porque él no decidió elegirme hasta que lo empujé a hacerlo. Sin embargo, no me arrepiento de haberlo empujado hacia mí, porque aquí seguimos.
Si algo aprendí de él fue que las relaciones se rigen por las personas en ellas y no siempre por las circunstancias en que se dan.
Se dio cuenta, poco a poco, de que no soy su pasado. No soy quien descuidó su corazón, y no planeo serlo.
Así que me levanto, y veo mi teléfono, donde su mensaje de buenos días está esperándome, y me regreso a los días en que me encontraba castigado, sin poder salir de mi casa, y una sonrisa afloraba en mis labios cuando leía sus mensajes.
Y como en aquellos días, sonrío, y le contesto.
Escrito en Junio 18, 2020
Comentarios
Publicar un comentario