No Me Culpes por Querer Más

No, no, simplemente... No, ¿sabes? No puedes culparme por querer más, ¿puedes? No, no.
¿Estás viendo la forma en que actúas? ¿La manera en que me dejas esperando? ¿Las palabras que te niegas a decir? ¿Las emociones que rechazas sentir?
Cuando todo esto comenzó, cuando te conocí en aquel puente donde nuestros amigos aman juntarse, me hiciste una promesa. Estábamos solos, ¿recuerdas? Parados frente a la luna, y ella es mi testigo, ella está de mi lado; la luna te vio cuando te acercaste a mí, vio tus labios a centímetros de los míos.
"Me gustas, pero no te conozco," fueron tus palabras, y sé que la luna te escuchó.
"No me digas eso," te pedí. "Porque si me lo dices, y lo dices en serio, no me va a quedar de otra que creerte."
Te reíste, una carcajada que resonó hacia ambos lados en un puente vacío, mientras el agua corría bajo nosotros y las estrellas vigilaban tus movimientos.
"Créetelo, guapo," me dijiste, y sonreí. Te creí, porque tus palabras sonaban sinceras, porque tus ojos no parecían mentirme, incluso detrás de los anteojos azules que usabas en ese momento, veía verdad en ellos.
Tus palabras causaron un revuelo de emociones en mí, tornando mi rostro escarlata, y sentí emoción, felicidad, un poco de pena y... Miedo. Porque ahí estabas frente a mí, con tu sonrisa infantil y tu voz, tu dulce voz, diciéndome que te gustaba.
No te culparía, porque si yo me viera caminando por la calle, yo me gustaría de igual manera; pero el miedo no se iba. Temía por mi corazón, porque antaño había sido amado y destrozado. No quería que te enamoraras de un rostro, preferiría que te hubieras enamorado del resto primero.
"No nos conocemos, realmente," te dije.
"Sí, eso ya te lo dije, pero aun así me gustas, ¿está mal?" Preguntaste, y las palabras se detuvieron ante mis labios.
¿Estaba mal? ¿Estaba mal dejar que te enamoraras de un rostro sin conocer lo que había detrás? ¿Estaba mal dejar que te enamoraras de un muchacho que creció rodeado de inseguridades sobre su cuerpo, sobre su actitud, sobre su masculinidad? ¿Estaba mal dejar que te enamoraras de un muchacho que a veces se quedaba despierto por las noches pensando en qué había hecho mal para perder a la gente cercana a sí mismo? ¿Estaba mal dejar que te enamoraras de un muchacho que se amaba frente al espejo pero se cuestionaba una y otra vez si era suficiente?
¿Estuvo bien dejar que lo hicieras?
"Pues, no, supongo que no está mal," te susurré, mis palabras viajando río abajo hasta llegar a un lago abandonado por el hombre, donde los peces viajan a descansar un momento.
"Entonces me gustas, niño," la luna debió haberse carcajeado ante esa última palabra; aun así yo la encontré como lo más romántico del mundo. Mi rostro escarlata se tornó carmesí cuando tus labios se juntaron con los míos, y te dejé entrar, tu lengua poniéndose cómoda mientras mi corazón te abría sus puertas.
"Pero, espera," te dije, empujándote hacia atrás, separándote de mí en la quietud de la noche. "No quiero que solo..." Las palabras se negaban a llegar porque sabía que no debían ser mencionadas, pero aun así tenía que dejarlas salir. "No quiero ser solo una noche, un momento, un juego... Si te gusto, aun sin conocerme, promete que vas a hacer lo posible por conocerme a mí, y no solo mi rostro," escupía palabras como si hubieran abierto el grifo de mi corazón, pero roto la manija. "Necesito que conozcas al verdadero yo, y necesito conocer al verdadero tú, detrás de tu sonrisa, de tus ojos... Necesito..." Respiré, exhalé, y tú me mirabas. "Necesito que nos conozcamos, realmente."
El silencio reinaba mientras mi corazón levantaba una mano, deteniéndote a segundos de que entraras a su hogar. La luna nos miraba como la luna mira todo lo que pasa en el mundo, dos muchachos a mitad de un puente, sobre un río silencioso, con un mundo de estrellas sobre ellos.
"Te prometo," dijiste, y una sonrisa afloró en tus labios, "que te voy a conocer, y dejaré que me conozcas, guapo."
Y, justo en ese momento, mi corazón quitó su mano y te dio la bienvenida a su hogar. Entraste y te pusiste tan cómodo, como si pertenecieras ahí, te sentaste tranquilo en un sillón, y con los días ya hasta habías subido los pies a la mesa de enfrente.
La luna nos vio irnos por caminos separados ese día, tú por un lado, y yo por el otro, un beso sellando el centro del puente que nos observó nacer.
Pronto empezaron los mensajes, ¿recuerdas? La forma alocada en que nos comunicábamos el uno con el otro, como me decías hermoso, guapo, niño, cariño, y mi corazón se derretía poco a poco. Me contabas de tu familia, tu mascota, tus pasatiempos. Me aprendí tu fecha de cumpleaños y pensé en cómo te felicitaría cuando llegara el día.
Pasaban los días y nos encontrábamos en el puente, uno que otro día, robándonos besos bajo el sol sobre un río caudaloso, donde antaño la luna nos había observado. Por las noches te dormías y mis ganas de permanecer despierto se desvanecían, así que me dormía igual, con la esperanza de que por la mañana me mandaras foto de la taza en la que tomabas café ese día, porque amas tomar café tanto como coleccionar tazas. Y siempre lo hacías.
A veces te desaparecías por horas, pero no me preocupaba, porque siempre regresabas explicándome qué había pasado, y yo siempre estaba esperándote, deseando ver tu nombre en la pantalla de mi celular. Amaba cómo me decías qué hacías sin que te lo preguntara, y cómo yo te mostraba las cosas que hacía conforme las hacía. Y pasaron las semanas, y nos conocimos.
No solo conocí lo que amas y lo que odias; no solo conocí lo mucho que amas a tu familia pero no toleras a una de tus tías en específico por un comentario que te hizo siete años en el pasado; no solo conocí sobre todas tus mascotas pasadas y las actuales; no me detuve en las cosas que haces, ni en tus hobbies, ni en tus actividades o lo que estudias o en tu cumpleaños y tu color favorito, no. También conocí la forma de tus labios, y cómo se sienten en los míos, conocí la manera en que mi mano encaja perfectamente en tu cintura, y como un simple movimiento manda tu cuerpo volando hacia el mío, hasta que el espacio entre nosotros ha desaparecido. Conocí la forma de tu mandíbula y lo que te hace reír, tu colección entera de anteojos y cuándo empezaste a utilizarlos, conocí el color de tus ojos y cómo me miran cuando estoy frente a ti.
Y ahora, vienes y me dices que no sabes si me quieres. Porque yo te dije que te quería tras semanas de conocernos, las palabras abandonando mis labios con seguridad y llegando a tus oídos.
"Yo..." Esperando que me dijeras que me querías también, me sorprendió cuando me dijiste, "no estoy seguro."
Mi mano, tan acostumbrada a tu cintura, te alejó de mí, y te vi a los ojos, escondidos detrás de esos dos cristales.
"¿A qué te refieres?" Te pregunté, la luna mirándonos una vez más, viéndote extraño incluso antes de que yo lo notara.
"A que..." Mi corazón amenazaba con escaparse de mi pecho, la puerta por la que entraste sellada y encadenada, negándose a dejarte ir. "A que quizá me precipité diciéndote que me gustas." Y ahí estaban. Las palabras que no quería escuchar, incluso sin saber que no quería hacerlo.
Tanto tiempo, tantos mensajes, tantos encuentros y palabras bonitas y ahora, ¿esto?
"Entonces no te gusto," dije antes de poder detenerme, separándome de ti completamente, nuestro lugar especial en el puente convertido en un espacio entre nosotros.
"¡No, no!" Exclamaste, y trataste de acercarte, pero levanté la mano y te detuviste en tu lugar. "No me refería a eso, no, sí me gustas, pero... Necesito tiempo."
Exhalé.
Y luego volví a exhalar.
"¿Tiempo?" Te pregunté, una lágrima rodando por mi mejilla, indetenible. "¿Qué tanto tiempo necesitas para darte cuenta de que valgo la pena? ¿Dos días? ¿Tres? ¿Me vas a tener esperando diez días, acaso, por un mensaje que nunca va a llegar? ¿Quieres que esté un mes entero esperándote acaso?" Las palabras se sentían como ácido abandonando mis labios, dolían al salir, pero dolía más pensar que estaba dispuesto a esperarte. Una parte de mí estaba dispuesta a esperarte un mes entero si era necesario, pero otra parte de mí sabía que no merezco esperar tanto tiempo.
"Entonces..." Susurraste, y casi podía sentir a la luna acercándose a nosotros para escuchar tus siguientes palabras. "¿Hasta aquí llegamos?"
Te miré, y vi tus ojos como antaño, parados frente a la luna, y vi que te dolía dejarme ir, pero quedarte no te daba seguridad, y a mí tampoco. Y a pesar de eso...
"Te daré tu tiempo," te dije, y mi corazón puso un candado más en su puerta, rechazando la idea de dejarte ir. "Pero no puedo prometerte que seguiré aquí si me dejas esperando mucho tiempo."
"¿Y cuánto es mucho tiempo?" Preguntaste, sobre un río ruidoso que corría al ritmo de los latidos de mi corazón.
"¡No lo sé!" Exclamé, exaltado. "¿Cuánto es mucho? ¿Cinco días? ¿Diez? No sé en qué momento voy a empezar a sentir que no vale la pena la espera..." Dije, "si es que lo empiezo a sentir." Terminé.
¿Acaso pensabas utilizar todo el tiempo posible para estar alejado de mí?
"No te haré esperar mucho, lo prometo," me dijiste, y estuve a punto de gritarte que no me prometieras nada más, pero me detuve, y casi sentía cómo la luna agradecía mi silencio.
"Bien," susurré.
Me miraste, esperando que dijera más, pero me encontraba ya sin palabras. Las estrellas silenciosas esperaban la conclusión de esta noche, y estaba por darme la vuelta para irme cuando volviste a hablar.
"¿Te puedo besar antes de irme?"
Mi corazón me gritó que no lo hiciera cuando cerré la distancia entre nosotros y uní mis labios a los tuyos, tan familiares y a la vez tan desconocidos. Innegablemente, tu beso se sintió como una despedida.
La luna nos vio una vez más, tomando diferentes caminos bajo sus estrellas, con un beso sellando lo que parecía el final de nuestra historia.
Y ahora me encuentro aquí, aventado en mi cama pensando en ti, como los últimos tres días. Tus mensajes no han llegado, y el tiempo sigue pasando. Te veo en todos lados porque te busco en todos lados, y mi mente te invoca cada diez minutos. Tus labios, tu sonrisa tonta y tu actitud infantil, invoca tus lentes y la forma en que te los quitabas cada que nuestros besos subían de tono, invoca tus mensajes y tus sueños y a ti, a ti, a ti.
Y te imagina pensando en mí, pero no sé qué rayos piensas, porque no sé qué tanto tienes que pensar. ¿Cuánto tiempo te tomará darte cuenta de que es conmigo con quien quieres estar? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que notes que valgo la pena todo lo que dudas?
O quizá te des cuenta de que no lo valgo. Quizá este tiempo te haga ver que valgo más lejos de ti que cerca. Las lágrimas llegan de vez en vez, las preguntas me inundan una tras otra noche.
Entonces, ¿me culpas por querer más? ¿Por esperar más de ti? Después de que me compartiste tanto de tu vida, tanto de ti, y que me conociste entero, porque dejé que me conocieras, es imposible que me culpes por desear más. Es casi increíble que me dejes tres días en las sombras, después de todo, ¿no amabas hablar conmigo? ¿Dónde está ese amor ahora?
No sé si fue porque te dije que te quería muy rápido, y no estabas dispuesto a decirlo de vuelta, o si conociste una versión de mí que te diste cuenta no querías. Sin embargo, dejarme aquí esperando por ti me duele y deberías saberlo, porque te conté todo de mí. Si puedes estar tres días sin hablar conmigo, quizá mi corazón puede quitar un candado de su puerta.
Tengo miedo que conforme pase el tiempo, me dé cuenta de que todos los candados se cayeron, y que la puerta está completamente abierta, dispuesta a dejarte salir de mi corazón, al que entraste con tanta facilidad.
No sé cuándo me levanté de mi cama, ni cómo es que llegué a nuestro lugar, frente a la luna, tan elegante en el cielo.
"Todavía estoy esperándolo," le digo, y una brisa me despeina, como si ella me estuviera contestando. "Pero no sé qué tanto tiempo más podré hacer esto y pensar que vale la pena," le susurro.
Esa noche, la luna me vio partir solo del puente, y no hubo un beso sellando nada, y al llegar a mi casa, seguía sin saber nada de ti, así que me dormí.
Quizá mañana sería el día en que me mandaras ese mensaje, diciéndome lo que sea que me fueras a decir. Quizá no. De igual forma, sé lo que me merezco, y sé que merezco más de ti que este eterno silencio.
Merezco más.

Escrito en Junio 25, 2020.

Comentarios

  1. ¡Muchas gracias por compartir otra de tus grandes historias! En verdad me removió bastante.

    Al principio tenemos a estos chicos compartiendo su cercanía y la colección de tazas que el otro se sabía por completo... luego pasan los días y simplemente una vez más en el mismo lugar donde conectaron, uno de ellos decidió romper ligeramente —según él— al otro, algo que ni siquiera quiso empezar del todo.

    Aaaaah, me dolió.

    Me encantó toda esta historia en general, pero mi parte favorita es cuando le dice: "Me gustas, pero no te conozco".

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El Concepto del "Me Gustas"

Una Historia Medieval

Mariposas en el Estómago